Imago lacus

The picture above was taken by a dear friend, the American poet Debra Kang Dean (please do not use it without permission). I met Debra three years before, when I went to Walden to work with his late husband Brad, a great Thoreau scholar. Once we spent hours tracking this quotation: "Some men go fishing all their lives without ever realizing it's not fish they are after." We concluded that Thoreau never wrote it, but si non è vero...

Sunday, September 11, 2016

“Se necesita más poesía”

El gigantesco cartel lleva todo el verano en la fachada del Azkuna Zentroa, antigua alhóndiga de Bilbao, y allí permanecerá hasta que el 9 de octubre cierre la exposición dedicada a Jeremy Deller. Creo que no ha recibido la atención que merece, y me pregunto si al pasar alguien se pregunta si se necesita más poesía, y para qué. Y quien haya entrado en la alhóndiga buscando la razón del cartel tal vez haya salido sin respuesta. Pero quien se adentre con tiempo y sin prejuicios en la exposición verá que la trayectoria de este artista está llena de poesía en el sentido menos literario y más social del término.

Deller trabaja con palabras desde sus comienzos, en los que con una impresora y un PC hacía falsos anuncios que luego colocaba en los tablones de la universidad, o textos en camisetas, o reproducciones de pintadas en los servicios de la British Library, o pósters creados para el metro de Londres. Pero lo que hace con ellas es intervenir la vida social, relatarla y rescatarla huyendo de la autorreferencialidad del arte y su circuito cerrado de financiación pública, mercado privado y mediación (crítica) especializada.
Me encanta porque también documenta mi historia, la parte de ella que tiene que ver con la 80 y los 90, la reconversión sufrida por sociedades antes industriales y ahora más centradas en los servicios, el entretenimiento y el turismo. Es puro humor inglés, un humor lleno de la más negra melancolía. Es una investigación sobre Inglaterra, sobre todo el arte que se hace fuera del circuito. Es lo que haría William Morris si viviera en el siglo XXI. Es arte público y tiene una historia de amor y odio con los museos. Quiere librarse de la tiranía de hacer objetos, de la producción, de la obra. A cambio hace que sucedan cosas, cosas que no tienen la etiqueta de “arte” colgada, situaciones que a menudo escapan de su control.

Un ejemplo muy evidente está en “Beyond the White Walls”, un video de 2012 en el que Deller describe proyectos que por su carácter efímero o público no se pueden exponer. En uno de ellos cuenta como en los días posteriores a la muerte de Lady Di, irritado por la hipocresía de la prensa que días antes la había perseguido, y que en cierto sentido era responsable del accidente mortal, escribió un poema que colocó junto a las ofrendas florales en Kensington Palace.

Era un poema brutal y mordaz, y Deller pensó que acabarían linchándole allí mismo. Pero la gente se juntó para leer el poema, “porque estaba plastificado y era un poema fresco”, y salió indemne: había conseguido su objetivo, mostrando que --especialmente en momentos de catástrofe, pero no sólo en ellos-- la poesía cubre necesidades muy básicas de la gente: hacer cosas juntos, pero cosas que no son cosas, sino eventos. Hacer poesía pero no necesariamente en los libros.

Foto de la alhóndiga: @fredverbeke, las demás @eskuezkerraz.

Sunday, August 28, 2016

Trespassing

Tras la guerra civil norteamericana, la producción industrial de alambre de espino hizo posible parcelar todo el territorio de la Unión, y con el tiempo la jurisprudencia del Tribunal Supremo avaló la doctrina en la que allí donde hay un acuerdo compartido, las personas pueden pasar por una propiedad privada, pero no si hay un cartel que indique lo contrario. Colocando el cartel de No Trespassing, los propietarios tienen derecho a excluir de sus tierras a cualquier otra persona, y así quedan protegidos ante cualquier denuncia por daños sufridos por los paseantes. Por lo tanto, si alguien no tiene tierras (o amigos que las posean) o un parque nacional o sendero autorizado a mano, no hay manera legal de hacer una caminata larga.

El propio Thoreau no ocupó ilegalmente el terreno en el que construyó su célebre casita a orillas del lago Walden, y en la que vivió mientras escribía el primer borrador de Walden; fue su amigo Ralph Waldo Emerson quien le cedió el derecho a usarlo. Pero algunos de sus seguidores sí han tenido que infringir la ley para emular su experimento. Uno de ellos es un joven escritor, Ken Ilgunas, que ha obtenido cierta fama con su primer libro, Walden on Wheels (2013). En esta narración autobiográfica cuenta cómo se las arregló para vivir durante sus dos cursos de postgrado en la Universidad de Brown (2009-2011) en una furgoneta en el aparcamiento del campus. Tenía permiso para aparcar, pero no para pernoctar, así que inicialmente tuvo que pasar esos dos años intentando pasar desapercibido; no lo consiguió, pero lo importante es que sí logró su objetivo de graduarse sin endeudarse, consiguiendo además publicar su experiencia de «Walden sobre ruedas». Las alusiones al Walden original son patentes en todo el libro; traduzco aquí su último párrafo:

Sabía por fe y por experiencia que estaría bien si vivía de manera sencilla y con una carga ligera. Sabía que estaría bien si me considerase siempre un estudiante, ya fuera entre las paredes del aula o a pie en la universidad del aire libre. Y sobre todo sabía que estaría bien si escuchaba esa voz interior, tan a menudo silenciada, ese susurro silvestre que te dice cuando menos te lo esperas y más lo necesitas: «A por ello».

Ilgunas recientemente ha publicado otra experiencia en el que la conjunción caminar-desobedecer reaparece de manera más explícita. En su segundo libro, Trespassing across America (2016), Ilgunas relata una caminata de cuatro meses y medio desde Canadá hasta el Golfo de México, a través del centro de los EE.UU. y siguiendo la polémica construcción del oleoducto Keystone XL: un proyecto de duplicar y ampliar el oleoducto Keystone, ya existente, que había generado una encendida polémica entre posiciones proteccionistas y desarrollistas, y entre movimientos ecologistas y negacionistas con la cuestión de fondo del cambio climático.

Además de documentar su viaje en video y mediante su blog, Ilgunas emprende en este segundo libro una investigación sobre los dilemas éticos de las sociedades desarrolladas. Ilgunas se consideraba un ecologista pero también quería entender la situación mejor, y para ello se decidió a hablar con la gente que vive en las tierras por donde pasaría el oleoducto y entender su apoyo a la construcción de lo que a él le parecía una monstruosidad. Siguiendo los mismos principios de austeridad thoreauviana con los que experimentó en su primer libro, Ilgunas documentó su ruta de casi tres mil kilómetros siguiendo el proyecto del nuevo oleoducto. En su mayor parte, la ruta le obligaba a entrar en propiedad privada, con y sin permiso, por lo que los conflictos con vacas, perros, cazadores, propietarios y policías fueron frecuentes, pero también las oportunidades de recibir solidaridad y ayuda. La caminata se hizo en invierno de 2013, cuando el oleoducto todavía estaba en construcción y era objeto de un encarnizado debate social, político y jurídico. Poco antes de ser publicado el libro, en noviembre de 2015, el presidente Obama rechazó el proyecto tras más de seis años de discusión.

Tuesday, August 23, 2016

México salvaje


Caminando por Ciudad de México (CDMX, antes México DF) gracias a mi colega Jorge Linares he podido admirar algunos de los magníficos murales de la escuela de Rivera, Siqueiros y otros, pero también pude advertir que el arte urbano continua hoy esa tradición en esta gran ciudad. Así que en una librería de la colonia Roma compré un manual de “guerrilla artística”, una introducción al espíritu y las técnicas del arte publico independiente (street art, arte urbano) y al abrirlo en casa me encontré con una cita del mismísimo Thoreau:
It is something to be able to paint a particular picture, or to carve a statue, and so to make a few objects beautiful; but it is far more glorious to carve and paint the very atmosphere and medium through which we look, which morally we can do. To affect the quality of the day, that is the highest of arts. 
En la versión guerrillera se elimina la apostilla que declara que influir en la calidad del día es “cosa que moralmente podemos hacer”, pero el texto de Walden sigue siendo perfectamente aplicable al arte urbano:
 
Ya es algo poder pintar un cuadro particular, esculpir una estatua o, en fin, hacer bellos algunos objetos; sin embargo, es mucho más glorioso esculpir o pintar la atmósfera, el medio a través del cual nos miramos. Influir en la calidad del día: esa es la más elevada de las artes. 
Sorprende comprobar la vigencia de un texto publicado en 1854 y su relevancia para la cultura contemporánea. Ese pasaje tan central de Walden está precedido por una invitación a “volver a despertar” y “mantenernos despiertos” por una esperanza en la capacidad humana de mejorar nuestras vidas. En otro pasaje, Thoreau relata cómo se comunicaba con las personas que venían de visita pero no lo encontraban en casa: escribiendo pequeños y efímeros graffiti en las hojas caídas. Era muy consciente de la expectación causada en su entorno por su experimento en Walden, que podría considerarse una forma de performance pública; una vez más, prescindiendo de las obras de arte al uso, Thoreau nos invita a reactivar la conexión entre ética y estética, y a reapropiarnos del paisaje, ese «medio a través del cual nos miramos».


También del paisaje urbano, pues aunque la abrumadora densidad semiótica de una ciudad --especialmente si tiene las dimensiones de CDMX-- nos invite a desconectar, a mirar sin ver, el street art implica cocreación, porque se infiltra en la vida cotidiana de quien lo ve. Así, el arte público independiente se convierte en un despertador, un artefacto que nos vuelve conscientes del entorno y  alimenta la conexión con él mediante la sorpresa generada por la obra. A esa extrañeza radical Thoreau lo llamaba «lo salvaje» (the wild).


Smith, Keri. (2016) Guerrilla Art Kit, Ciudad de México, Paidós.
Imágenes: @StreetArtDF

Saturday, May 28, 2016

Cine familiar

De la editorial Litera conocíamos este otro libro, que nos ayuda en la selección del único ritual que respetamos en casa: la película de los viernes noche. Y ahora nos trae el emocionante relato real de la enfermedad y recuperación de Simone, que con pocos meses de edad sufre una infección grave y un síndrome que durante más de un año la tiene entre la vida y la muerte.

Conocí a la autora, Nuria, cuando ella estaba haciendo la tesis; ella es antropóloga y me interesa uno de sus temas, el de la construcción cultural del paisaje. Hablábamos en el laboratorio y ahora también por Facebook. No sé cómo --supongo que escribir la tesis mientras cuidaba de Ulises, el hermano mayor de Simone, fue un buen entrenamiento-- pero Nuria se las arregló para llevar un cuaderno de campo en el que documentar día a día el proceso de la enfermedad y curación de su hija, doloroso y luminoso a partes iguales. Sólo por eso ya me parece valioso que tengamos cerca a profesionales de la antropología, además de buenos profesionales sanitarios, que son los protagonistas en la sombra de este libro.

Porque tienes un hijo, una hija, y nunca estás preparado (preparada). Descubres lo que es el miedo, la necesidad de gestionar día a día la incertidumbre, y que a veces el optimismo no basta --y sin ciencia, desde luego, mucho menos--, pero uno sale de estas páginas con la sensación de que sin el optimismo de Nuria-Simone (que no excluye la flexibilidad: ya se encarga la hija de ir cancelando las ideas fijas de su madre, como se muestra con el foulard azul) no hubieran salido adelante.

Por supuesto, hace falta cuidado, que depende de redes y estructuras comunitarias que van desde el cónyuge hasta el servicio público de salud, y hace falta buena suerte, que a veces también depende del cuidado. Pero también sensatez, cariño y un coro virtual de amigas que te recuerden historias como esta. Pelis de terror que, por una vez, terminan bien. Pelis de terror que son pelis de amor.


Friday, May 13, 2016

Bilbao


Con su tristeza de herrumbre
en otoño esta ciudad se viste de llovizna
y es su techo un bosque de nubes
donde la luna muere por si acaso.
Cada noche los mendigos guardan las bolsas
que codician para sus nidos las gaviotas
y con la luz azulada de las cocinas proletarias
se abren los ojos de la gran muralla.
Desde el viejo puente
la vendedora de periódicos mira al río

como a un diccionario de voces ignoradas;
conductores de bus que hablan del boxeador muerto,
trenes que se dirían apátridas
pierden la memoria ante la fatalidad de los raíles,
nostalgia de la pertinaz música callejera
y un poco más allá los borrachos,
el amarillo chillón de los barrenderos,

otro puente y prostitutas.


Bernardo Atxaga 
Etiopia (2. arg.: Erein, 1983)

Sunday, May 1, 2016

Un poema de Antonio Varo Baena

¿Por qué hablas de la muerte
si el rutilante vino
procaz y directo
alcanza la memoria
y acrecienta el olvido?

Antonio Varo Baena
Augurio (Andrómina, 2015)

Sunday, April 3, 2016

Un haiku (o dos) al vuelo

Lo mejor de dar un libro al mundo es lo mucho que te devuelven quienes lo leen; esos son sus verdaderos royalties. Es lo que nos está pasando con el Volar de Thoreau, y aquí os traigo la última anécdota como prueba. Desde Logroño, vía su blog, Francisco Gestal nos advirtió de que había un haiku escondido en este apunte:


Ciertamente, lo tiene casi todo para serlo: las 17 sílabas en su presentación habitual (5-7-5) y la nota estacional [kigo] que pone el azulejo, que es ave de primavera. Para ser ortodoxo sólo le falta el “corte” [kireji], ese término que suele separar dos ideas o imágenes inesperadas. Pero algo de esa yuxtaposición existe entre el azul del azulejo y el azul del cielo, micro y macro haciéndose uno en ese ave única que vio y anotó Thoreau en un mes como este.

Se lo comentamos a Eduardo Jordá, el traductor, quien nos aclaró que no había sido deliberado (pero la sorpresa tampoco fue tanta, pues le gusta mucho el género, así que la casualidad estaba en cierta forma predeterminada). Pero lo mejor es que no es el único haiku detectado por Francisco. También está este otro:


El haiku del camachuelo no es tan ortodoxo, empezando con su distribución en 5-5-7, y también porque no tiene kireji. Podría ser un senryu o haiku no-estacional, a menudo humorístico; pero se acerca el haiku tradicional por mantener cierta yuxtaposición o contraste, esta vez entre el camachuelo y Emerson, que legalmente fue el dueño de los árboles y, es de suponer, de aquello que cobijasen. Cuando J. I. Foronda y yo preparamos la edición, seleccioné el pasaje porque ese sencillo y escueto “Purple finch sings on R. W. E.'s trees” es por un lado completamente factual y objetivo, pero al mismo tiempo no deja de transmitir cierta ironía muy típica del tío Henry: ¿de quién son los árboles, de Emerson o de Thoreau? Emerson los poseyó en propiedad, pero Thoreau los disfrutó en usufructo, y conservó para siempre el canto sin dueño del camachuelo que los habitó un día de abril. Esos árboles son ya para siempre suyos, es decir, nuestros.


Aprovecho para invitaros a las últimas presentaciones en la gira norte de Volar, que tendremos el sábado 9 a mediodía en la librería-kulturlab Garoa (Zabaleta 34, Donostia) y a las 16:00 en el museo Ur mara (Alkiza). Allí seguiremos descubriendo cosas que no sabíamos de este libro y de sus protagonistas.