Imago lacus

The picture above was taken by a dear friend, the American poet Debra Kang Dean (please do not use it without permission). I met Debra three years before, when I went to Walden to work with his late husband Brad, a great Thoreau scholar. Once we spent hours tracking this quotation: "Some men go fishing all their lives without ever realizing it's not fish they are after." We concluded that Thoreau never wrote it, but si non è vero...

Sunday, April 22, 2012

Un placer

En su ensayo “Poetry, Pleasure, and the Hedonist Reader”, el maestro Billy Collins dedica unas páginas a describir cada uno de los diversos placeres (el de la danza, el de la página, el del espejo, el del viaje, el de la conexión, el del sentido y el de la compañía) que procura la lectura de poesía de todo tipo, desde la más accesible a la más críptica. Yo, que también prefiero hablar de poemas que de poesía, para completar la apología aquí voy a mencionar otro placer: el de escribirla. Este es un placer que pocos escritores reconocen en público; tal vez porque el sufrimiento sigue teniendo su prestigio, se supone que el trabajo debe ser sufrido para que tenga mérito: si se hace con gusto no vale, o vale menos.

No conozco mejor poema para refutar ese tópico y defender aquel placer que el que lleva el número (romano) 50 en el primer libro de Angel Erro, Eta harkadian ni. Dos breves estrofas sin desperdicio, que comienzan tirando del hilo del tópico, pero con doble puntada: ese “mis padres no tienen a mano el leerme” del primer verso no es sólo la queja del joven poeta incomprendido, sino también la de cualquiera que escriba en una lengua que no sea la de sus progenitores. El segundo verso deslumbra con la novedad de usar “poesiak” como si fuera un adverbio, como “pozik”, y la estrofa termina con ironías a cuenta de amigos y compañeros de piso.

Hasta ahí bien, pero ¿entonces? La respuesta llega con el segundo verso de la segunda estrofa, donde se nombra la razón de ser del poema (de ese y de todos los demás): el placer [atsegin] de pensarlo, escribirlo y cerrarlo con un verso tan redondo como el final: un placer clásico con su planteamiento, nudo y desenlace. El libro es de 2002 y de entonces a esta parte debe haberse puesto de moda terminar de manera autoreferencial, metapoética (lo cuenta Enrique García-Máiquez en uno de sus rayos y truenos); aunque la costumbre viene de antiguo, generalmente la mención es a todo el poema: aquí se refiere al último verso, cuya última palabra es –cómo no– “escribir”.

TBC

2 comments:

  1. Si no nos sentimos satisfechos ante un poema que no termina de salir como deseamos, el sufrimiento que genera ese inconformismo me parece comprensible y totalmente sincero.
    Otro asunto es a qué llamamos placer. Victor Hugo definió la nostalgia como el placer de estar triste, por lo tanto, cualquier dificultad creativa, cualquier cosa, puede ser subjetivamente placentera.


    Un abrazo, Antonio.

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  2. Pues no te falta razón, Kepa, pero voy a necesitar una entrada nueva para responderte como es debido. Dame unos días y continuará. Otro abrazo y hasta pronto.

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