Imago lacus

The picture above was taken by a dear friend, the American poet Debra Kang Dean (please do not use it without permission). I met Debra three years before, when I went to Walden to work with his late husband Brad, a great Thoreau scholar. Once we spent hours tracking this quotation: "Some men go fishing all their lives without ever realizing it's not fish they are after." We concluded that Thoreau never wrote it, but si non è vero...

Tuesday, May 22, 2012

Souvenir

Mi primer ordenador, un ZX Spectrum de 16 Kb de RAM, tenía un par de cacharritos que se llamaban interface 1 y 2 y que servían para conectarle periféricos. Una de mis influencias literarias más tempranas está en el manual de instrucciones de ese ordenador, publicado en 1982, capítulo 1:

Una vez instalado su ordenador, deseará utilizarlo. El resto de este manual le indica cómo hacerlo pero, llevado por su impaciencia, probablemente haya pulsado algunas teclas y descubierto que se ha borrado el mensaje mostrado en la figura 2 (mensaje de ‘copyright’). No importa; usted no puede dañar al ordenador de esta forma. Sea atrevido. Experimente. Si se queda sin saber cómo salir del atolladero, recuerde que siempre puede hacer volver al ordenador a la imagen original, con el mensaje citado, si retira la conexión del enchufe ‘9 V DC IN’ y la vuelve a insertar.

Me gustan los poemas que describen esa interfaz que media entre nosotros y el mundo. En su sentido original, la interfaz era la conexión o comunicación entre dos ordenadores o máquinas de cualquier tipo. Hoy la palabra se utiliza para significar una prótesis o extensión de nuestro cuerpo, o el espacio donde se desarrollan los intercambios entre humano y máquina.

Nuevos cacharritos, nuevas interfaces. En su poema Audiogida, Iñigo Astiz explota el potencial poético de las audioguías que se prodigan en museos y otros lugares públicos. Son instrumentos que median entre nosotros y los objetos que allí se encuentran, modelando nuestra interpretación y enriqueciendo nuestra experiencia. Pero también nos dan una falta sensación de seguridad, o al menos eso sugiere el poema:

camino de creer casi que eso del tiempo
no es más que otra de esas mentiras
que puede deshacerse a cambio de una entrada
hasta que la señal de exit y la tienda de souvenirs
nos arrojan a esta ciudad medio desconocida
juntos y jóvenes, pero —ya
sin las glosas de la autoguía— más perdidos
que antes en un mundo demasiado nuevo.

He aprendido a desconfiar de las interfaces y prefiero enfrentarme a las artes ligero de equipaje, cosa que tampoco es fácil porque los museos están llenos de pistas interpretativas (carteles, catálogos, vistas guiadas) que hacen lo mismo que las audioguías pero en público. En cualquier caso, el poema de Astiz describe maravillosamente bien la común experiencia de encontrarse en un museo, interactuando con la memoria y los recuerdos, y perderse al salir de él, aturdidos en un mundo sin pistas interpretativas.

Por eso este poema gana cuando se lo lee en compañía de otro que también me gusta mucho, el Basoan bildutakoa de Jon Gerediaga. Aquí la voz del poema no es un nosotros, como en el de Astiz, sino un yo que pasea por el bosque, con lo que el escenario pasa de ser urbano a campestre, pero el tema es el mismo: la relación que uno mantiene con los souvernirs que se encuentra por el camino. Pero la confusión inducida por la falsa seguridad de la audioguía es sustituida por cierta transparencia al final de este poema, tras la progresiva desaparición de la mediación tecnológica. Inicialmente el paseante va descubriendo ciertas cosas que describe mediante comparaciones con otras cosas:

He encontrado un madroño ya maduro
caído en la cuneta del camino
como una nariz abandonada de payaso

los términos de la comparación son muy distintos, pero conforme avanza el paseo se van acercando:

más tarde he visto una castaña
asomándose entre una cáscara de espinas
como un erizo caído de algún árbol

el paseo prosigue hasta que las comparaciones van como purificándose, dejando paso a la realidad desnuda. En el clímax del poema las cosas han dejado de ser símbolos o souvenirs de otras cosas, sino que se representan únicamente a sí mismas:

y después he cogido entre las manos
la casa vacía de un caracol blanco
que era como tener entre las manos
la casa vacía de un caracol blanco

aquí seguimos interactuando con objetos, seguimos recogiendo recuerdos y conformando nuestra identidad mediante ellos, pero la interfaz desaparece o al menos no molesta. Y el resultado nos transmite algo de esa seguridad de las ardillas “que recogen / y que guardan nueces para el invierno / sí, como nueces para el invierno.” Ardillas que, como en el poema de Atxaga, son capaces de asaltar un supermercado si les faltan las nueces (Altxa besoak! non da intxaur kaxafuertea?).

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