Imago lacus

The picture above was taken by a dear friend, the American poet Debra Kang Dean (please do not use it without permission). I met Debra three years before, when I went to Walden to work with his late husband Brad, a great Thoreau scholar. Once we spent hours tracking this quotation: "Some men go fishing all their lives without ever realizing it's not fish they are after." We concluded that Thoreau never wrote it, but si non è vero...

Thursday, January 10, 2013

Sommerlügen

El cuento de Schlink tiene un final abierto pero feliz. Hay quien podría verlo como el relato de un fracaso: el profesor es incapaz de ejecutar la muerte que había imaginado para sí, de igual manera que tampoco había conseguido vivir la felicidad que había imaginado. Si no lo veo así es porque, como muchos otros, leo el cuento en clave de relación clínica, como una ilustración de la lección que en bioética llevamos repitiendo hace tiempo: la autonomía del paciente no es una independencia unilateral, sino una toma de decisiones conjunta e interdependiente.

Perdonadme hoy que me ponga pedagógico: para entender esto hay que retroceder como mínimo hasta el siglo XIX, donde la situación de un enfermo de cáncer terminal es más o menos la descrita por Tolstoi en “La muerte de Iván Illich”. En ese tiempo los pacientes apenas poseen autonomía: ni para conocer su estado de salud (autonomía informativa), ni para tomar decisiones sobre las opciones terapéuticas o paliativas (autonomía decisoria), ni para asegurarse las condiciones materiales que les permitan llevar a cabo sus planes (autonomía funcional o ejecutiva). [Esta distinción la explica estupendamente J. A. Seoane aquí.]

Con el nacimiento y desarrollo de la bioética en el s. XX tras los juicios de Núremberg, los pacientes conquistan trabajosamente el derecho a ser autónomos en esas tres dimensiones, si bien que con distinta fortuna: me parece que hoy por hoy es la decisoria la autonomía más desarrollada, y que mucho nos falta por avanzar en las otras dos. Tal vez por eso tendemos a reducir la autonomía al derecho del paciente a elegir entre determinados cursos de acción, o dicho en otros términos, a la obligación de contar con su consentimiento informado para poder emprender uno de ellos.

Derechos, obligaciones,... esta noción de autonomía está fuertemente modelada por la tradición jurídica y ha acabado por cristalizar en el Derecho sanitario de todos los países desarrollados. La autonomía no es cosa de pobres o incultos; y esto es algo que el cuento de Schlink ilustra perfectamente: estamos hablando de un catedrático de universidad con apartamento en Nueva York y residencia de verano en los Alpes. Todos los humanos tomamos decisiones, pero deliberar a fondo sobre ellas y conquistar nuevos terrenos para la autonomía no está al alcance de todos. En esa lucha estamos.

Pero avanzar en autonomía para todos no quiere decir que esta no pueda llevarse demasiado lejos, desvirtuarse en algunos casos, y esa es la lección del cuento. Somos autónomos con los otros; sin ellos, no podemos conocer las implicaciones del diagnóstico, ni adecuar las condiciones del entorno para hacer posible el plan de cuidados, ni planificar el futuro de acuerdo con el pronóstico. Eso es lo que comprendemos con el narrador al dejar atrás estas mentiras de verano (Sommerlügen, qué gran título para un Lied).

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