Imago lacus

The picture above was taken by a dear friend, the American poet Debra Kang Dean (please do not use it without permission). I met Debra three years before, when I went to Walden to work with his late husband Brad, a great Thoreau scholar. Once we spent hours tracking this quotation: "Some men go fishing all their lives without ever realizing it's not fish they are after." We concluded that Thoreau never wrote it, but si non è vero...

Saturday, March 2, 2013

O felix peccatum Babel (1)

Uno de los mejores argumentos que conozco a favor de la protección (o sea, la promoción activa) de las lenguas minorizadas no está en El Señor de los Anillos. Es la propia existencia de El Señor de los Anillos.

El 21 de octubre de 1955, al día siguiente de publicar El retorno del rey y con ello terminar su trilogía, en la que llevaba trabajando por lo menos desde 1937, Tolkien impartió una conferencia titulada “English and Welsh”. En ella se dirige a su auditorio como filólogo y no dice nada sobre su “otra” carrera como escritor. Pero al publicar la conferencia en 1963 declaró con su modestia habitual en una nota a pie de página:
«Si se me permite hacer referencia una vez más a mi obra El Señor de los Anillos como prueba: los nombres de personajes y lugares en esta historia fueron creados principalmente a partir de modelos galeses (bastante semejantes, aunque no idénticos). Este elemento de la historia ha proporcionado quizá más placer a muchos lectores que cualquier otra cosa en ella.»
«La naturaleza de este placer es difícil, quizás imposible, de analizar. » Desde luego, admite Tolkien, no se puede descubrir por medio del análisis estructural de la lengua: «Ningún análisis hará que a uno le guste o disguste un idioma, aun cuando haga más precisos algunos de los rasgos del estilo que son agradables o detestables. Posiblemente el placer se siente de modo más intenso en el estudio de un idioma extranjero o de una segunda lengua; pero de ser así, eso se puede atribuir a dos cosas: el estudiante encuentra en el otro idioma rasgos deseables que su propio idioma o su primera lengua le han negado; y en cualquier caso escapa de la monotonía del uso, especialmente del uso descuidado.»

Toda la conferencia habla de ese elemento de placer lingüístico, que tiene que ver con el sonido, la ortografía y otros factores digamos internos a la lengua, pero Tolkien sabía mejor que nadie que las lenguas no son esferas aisladas, que para entenderlas y disfrutarlas hay que conocer también sus aspectos sociolingüísticos. Que, además de signos y fonemas, las lenguas son su gente, su historia y sus historias.

Volviendo al galés, que fue el que le dio el placer más abrumador (detrás del finés), no me resisto a copiar un pasaje inicial tan sabio como deliciosamente socarrón. Tolkien sabe que nunca podrá hablar galés como un nativo, pero eso no le impide apreciar su belleza ni condenar la actitud de aquellos que han causado su perdición:
«El galés es al menos un idioma que todavía se habla, y bien puede ser cierto que quienes se allegan a él como extraños, aunque simpatizantes, no puedan alcanzar su corazón. Pero un hombre debería mirar por encima de los vallados de la granja o jardín vecinos –un pedazo del país que él mismo habita y cultiva– aun cuando no aspire a ofrecer un consejo. Hay mucho que aprender de los secretos escondidos.

»En cualquier caso, concedo que yo mismo soy un “sajón”, y que por lo tanto mi lengua no es lo bastante hábil como para abarcar la lengua del Cielo. Parece que ante mí se extiende un vasto silencio, a menos que alcance un destino más acorde con el mérito que con la Misericordia. O a menos que el relato que encontré en las páginas de Andrew Boord, médico de Enrique VIII, que cuenta cómo fue cambiado el idioma del Cielo, sea digno de crédito. Habiéndosele encomendado que encontrase un remedio al alboroto y parloteo que perturbaban las estancias celestiales, San Pedro salió por las Puertas y gritó caws bobi [queso fundido], y cerró las Puertas en las narices de los galeses que habían salido antes de que éstos descubriesen que habían caído en una trampa sin queso.»

»Pero el galés sobrevive aún sobre la tierra, y por lo tanto posiblemente también en otros lugares [o sea, en el Cielo; ACdR]; y un inglés prudente empleará tantas oportunidades para conversar como se le presenten. Porque esta historia goza de poco crédito. Está relacionada más bien con el esfuerzo contemporáneo del Gobierno inglés por destruir el galés tanto en la tierra como en el Cielo.»
A pesar de esos y otros esfuerzos más cercanos, el galés y otras lenguas sobreviven gracias a aquellos que, como Tolkien, sabiamente emplean sus oportunidades para conversar. Y gracias también a la existencia de universidades. Porque, naturalmente, no basta con preservar nuestra riqueza lingüística. Además de una pluralidad de lenguas, necesitamos personas que las estudien, transmitiendo y aumentando su conocimiento. Por eso la filología, la filosofía antigua y las facultades de letras tienen valor social (y por supuesto económico) por sí mismas, sin mayor necesidad de justificar su “impacto” mediante alambicados mecanismos de evaluación. Y si a alguien le quedan dudas, que piense en las cifras de lectores y espectadores de El Señor de los Anillos, y lo que eso ha supuesto en millones de vidas... pero también de libras, euros y dólares.

Tolkien, J. R. R.
«El inglés y el galés», apud Los monstruos y los críticos y otros ensayos, trad. Eduardo Segura, rev. Ana Quijada (Barcelona: Minotauro, 1998)

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