Imago lacus

The picture above was taken by a dear friend, the American poet Debra Kang Dean (please do not use it without permission). I met Debra three years before, when I went to Walden to work with his late husband Brad, a great Thoreau scholar. Once we spent hours tracking this quotation: "Some men go fishing all their lives without ever realizing it's not fish they are after." We concluded that Thoreau never wrote it, but si non è vero...

Thursday, February 13, 2014

Más cerillas de Islandia

El año pasado dejé aquí mis recortes de un libro sobre la Islandia contemporánea; en este he terminado una novela estupenda, La mujer a 1000º de Hallgrímur Helgason, y comparto los despojos: otro conjunto de notas, tan lúcidas como irónicas, sobre la identidad y la historia islandesas.

Hace poco vi un reportaje sobre Islandia en una revista española, en el que unas jóvenes damas de los hielos exaltaban la vida abierta de un país pequeño, donde todos pueden tener hijos con todos, porque todos tienen montones de padrastros y madrastras con muchos hijos. Según eso, Islandia es una orgía colectiva en la que los niños pueden elegir ellos solos su hogar. (56)

A estos chicos de hoy les falta trabajo, no tienen ya que salir a pescar en barca ni que vadear ríos glaciales para ir aquí o allá, que les duelen hasta los huesos. Nos empeñamos en que no existe el paro en Islandia, y olvidamos que nuestras actividades rara vez implican trabajo auténtico. Dudo que en este país haya nadie que trabaje de verdad, a no ser los marineros y los extranjeros. El resto se pasa el rato sentado en reuniones y videoconferencias, u holgazanea en las horas de bocadillo más largas del mundo. Incluso en el Parlamento, delante de la nación entera, se dedican a observar atentamente sus móviles como viejas mirando sus cartones de bingo. La mayoría de la gente llega del trabajo a casa sin haber dado ni golpe y trata por todos los medios de encontrar algo que hacer en casa. Por eso digo, y lo escribo: cada islandés es un iluminado en su casa de verano. (85)

Es una de esas mujeres que están morenas todo el año, usan lápiz de labios rosa y no parecen tener la más mínima relación con Islandia, aunque haya nacido y se haya criado aquí; toda su familia es de Dalir y nunca ha pisado otro país, aparte de los catorce días de Pascua que estuvo en las islas Canarias. Naturalmente, tiene sangre de náufragos vascos, si no de piratas; lo demuestra su parloteo cantarín.(87)

Y cuando el país consiguió finalmente la independencia en 1944, la abuela dijo, según cuentan: «Bueno, quizá podamos comerciar con esa buena gente». Había vivido una larga vida bajo la bandera danesa, como súbdita danesa, pero jamás se había rendido ante ese hecho, su alma jamás se había inclinado ante él. Quien se considera a sí mismo un hombre libre, ¿no es ya libre? Pienso que esa va a ser la tarea fundamental de los islandeses en los siglos venideros, ahora que los fondos de inversión extranjeros van camino de adueñarse del país. Tenemos que imaginarnos que somos una nación entre naciones. Como hemos hecho durante siglos. Pocas naciones viven en la cabeza tanto como los islandeses. La abuela me habló una vez de Guðrún de Prestbakki, quien dijo, después de ser violada: «Fui deshonrada ahí abajo, pero por arriba sigo siendo virgen pura». Esas palabras merecen figurar como lema nacional en la bandera nacional islandesa. (136)

Ella: ¿No estarías dispuesta tú a morir por Islandia?
Yo: No.
Ella: ¿No? Si tu país estuviera en peligro, si un dragón fuera a comérselo, por ejemplo.
Yo: ¿De qué le serviría al país que yo muriese? Los países no quieren que las personas mueran por ellos. Solo quieren estar en paz.
Ella: ¿Y si alguien lo coge?
Yo: Mamá dice que no se puede coger un país.
Ella: ¿Cómo que no? Los alemanes cogieron Dinamarca. ¡En diez minutos! Y Noruega en quince días. Los ingleses os cogieron a vosotros y… ¡y los daneses tuvieron Islandia durante muchos cientos de años!
Yo: Sí. ¿Y qué nos ha cambiado eso a nosotros? ¿Yo qué soy, danesa, inglesa, o islandesa?
(148)

Esos son los privilegios de los últimos días. Podemos ver perfectamente todos los demás (185)

los islandeses debemos tener cuidado para no extinguirnos. (371)

la pega de los países poco poblados es la enorme necesidad que tienen los islandeses de agruparse. No puedes encender la radio sin oír estímulos a que todos nos cojamos de las manos o que nos reunamos aquí o allá. Es la manía de las fiestas lo que ha llevado esta nación al infierno. No veo que la gente tenga ya tiempo de leer las Sagas o de reflexionar sobre la vida en algún prado de por ahí. (373)

Llamaban a su tierra Lusacia, que es un nombre bien bonito, pero que los alemanes consiguieron deformar llamándola Lausitz. Esta tierra, que enseguida desapareció en un bosque alemán y que no se encuentra en los mapas, tiene una forma simbólica, pues parece una lengua cortada. Según internet todavía existen sesenta mil sorabos, que siguen combatiendo por la independencia de su tierra y su idioma, con apoyo más bien escaso de las autoridades de Bruselas. Pero puedo consolar a los pobrecillos contándoles que los islandeses no éramos más que cuarenta mil en los peores momentos, en la terrible hambruna que siguió a la gran erupción del siglo XVIII, y sin embargo al final conseguimos ser un pueblo entre los pueblos, con cantarines abedules y bancos en bancarrota, con plata olímpica y dorada medalla Nobel colgadas al cuello. (378)

En mis posteriores viajes por el mundo me he ido encontrando con regularidad con ejemplares por el estilo, maniáticos de Islandia que tenían en común ir por la vida con alguna clase de discapacidad. Los colegas Dios y Cristo, que normalmente se ocupan de vigilar el alma de esas personas, parecen haber dirigido las esperanzas de esas almas rotas hacia Islandia, venerando esa tierra lejana en el frío norte marino como si fuera la Tierra Prometida. (380)

Pero eso es lo que le toca a una nación pequeña: tiene que estar siempre inclinándose ante las grandes. Lo que nos salvó a nosotros fue la lejanía: la gente tenía que pasar tres húmedas y salitrosas semanas en el mar para poder descargar en el agujero islandés. Por eso nos ha ido mejor a nosotros que a los frisones y los lusacios a la hora de conservar la lengua y la cultura. Si nos hubieran violado varias veces al día durante seiscientos años, y también de noche, como hicieron los alemanes con los frisones, los ingleses con los irlandeses, los franceses con los bretones y los españoles con los vascos, a nosotros nos habría pasado lo mismo que a ellos. Pero aquí solo había una violación al año (con el barco que llegaba de Dinamarca en primavera), así que podíamos pasarnos los largos inviernos tan contentos, nosotras haciendo punto y los hombres recitando poemas, y siempre podíamos echar mano del eslogan de la nación islandesa: «Me han violado por abajo, pero por arriba sigo siendo virgen». (427)

—¿Uno puede escribir poemas si está en las SS?
—No. Solo matar.
—¿Cómo es… matar?
—El que mata muere. El que muere vive.
(449)

Pero lo que más añoraba era mi queridísimo pueblo, ese hatajo de locos en un extremo del océano. Añoraba la tosquedad en las relaciones, la falta de formalidad y la brusquedad de los islandeses; toda esa vida juvenil que se vive en un país inmaduro que nunca es capaz de conocerse a sí mismo, como tampoco sus habitantes. (467)

Hallgrímur Helgason (trad. de Enrique Bernárdez)
La mujer a 1000º (Lumen, 2013)

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