Imago lacus

The picture above was taken by a dear friend, the American poet Debra Kang Dean (please do not use it without permission). I met Debra three years before, when I went to Walden to work with his late husband Brad, a great Thoreau scholar. Once we spent hours tracking this quotation: "Some men go fishing all their lives without ever realizing it's not fish they are after." We concluded that Thoreau never wrote it, but si non è vero...

Wednesday, August 27, 2014

La muerte del sombrero

Antiguamente
todo hombre vestía un sombrero.

En el No-Do ceniciento
las avenidas de cada ciudad
son anchos ríos de sombreros.

Los estadios rebosaban
con miles de sombreros de paja,
sus alas y sus bandas,
filas de hombres fumando
y aclamando en mangas de camisa.

Los sombreros eran la norma.
Se daban por supuesto.
Un hombre sin sombrero destacaba en la masa.

Los comprabas en Adams y en Dobbs,
allí bordaban tus iniciales con hilo dorado
en la banda interior.

Tranvías zigzagueaban por la ciudad.
Barcos de vapor entraban y salían de la bahía.
Hombres de sombrero se reunían en los muelles.

Había una persona para dar forma a tu sombrero
y una chica en el ropero para guardarlo
mientras tomabas una copa
o comías un filete con guisantes y una sola patata.
En tu oficina había un perchero para colgarlo.

El día que se declaró la guerra
todo el mundo en la calle vestía sombrero.
Y vestían sombrero también
los hombres cuyo barco se hundió en el mar glacial.

Mi padre llevaba uno al trabajo todos los días
y regresaba a casa
con el periódico de la tarde
y un abrigo que irradiaba el frío invernal.

Pero hoy vamos con la cabeza descubierta
por las calles en invierno
y sin sombrero esperamos en los andenes helados.

Hoy los buzones junto a la carretera
y las piceas tras de casa
llevan fríos sombreros blancos.

De noche los ratones se escurren por los muros de piedra
con sus finos sombreros de piel
para recoger las semillas caídas del comedero de pájaros.

Y ahora mi padre, tras una vida de trabajo,
lleva un sombrero de tierra
y sobre él otro más leve de nube y cielo:
un sombrero de viento.

THE DEATH OF THE HAT

Once every man wore a hat.

In the ashen newsreels,
the avenues of cities
are broad rivers flowing with hats.

The ballparks swelled
with thousands of straw hats,
brims and bands,
rows of men smoking
and cheering in shirtsleeves.

Hats were the law.
They went without saying.
You noticed a man without a hat in a crowd.

You bought them from Adams or Dobbs
who branded your initials in gold
on the inside band.

Trolleys crisscrossed the city.
Steamships sailed in and out of the harbor.
Men with hats gathered on the docks.

There was a person to block your hat
and a hatcheck girl to mind it
while you had a drink
or ate a steak with peas and a baked potato.
In your office stood a hat rack.

The day war was declared
everyone in the street was wearing a hat.
And they were wearing hats
when a ship loaded with men sank in the icy sea.

My father wore one to work every day
and returned home
carrying the evening paper,
the winter chill radiating from his overcoat.

But today we go bareheaded
into the winter streets,
stand hatless on frozen platforms.

Today the mailboxes on the roadside
and the spruce trees behind the house
wear cold white hats of snow.

Mice scurry from the stone walls at night
in their thin fur hats
to eat the birdseed that has spilled.

And now my father, after a life of work,
wears a hat of earth,
and on top of that,
a lighter one of cloud and sky—a hat of wind.


Billy Collins (trad. ACdR)
Picnic, Lightning (University of Pittsburgh Press, 1998)

Saturday, August 9, 2014

Días de agua y pájaros

“De la misma manera que el pescador viene al amanecer y revisa los cepos que puso durante a noche; o como el médico que viene a ver cómo va el enfermo; o como el niño plantado que mira a una persona mayor que está haciendo algo que el niño no ha visto nunca antes. Así hay que mirar exactamente a los pájaros, no con los sentidos divididos y el pensamiento distraído, sino con la atención reconcentrada y recapacitando, y de ser posible, con asombro.”

Así habló Kierkegaard allá por 1847, y yo no me enteré hasta que lo vi en Rayos y truenos. El caso es que eso mismo es lo que por esas fechas estaba haciendo Thoreau mejor que nadie: mirar las aves bajo el cielo americano. Por eso estos días de agosto estoy revisando a vuelatecla una antología de su diario que José Ignacio Foronda y yo llevamos maquinando más de un año. Se trata de seleccionar y traducir los pájaros más memorables de entre los cientos de páginas que aquel les dedicó, como esa tángara rojinegra “que prende las hojas a su paso".

Y por si fuera poco, hoy recibo un mensaje de un profesor de Educación Física en un instituto de Alicante, Gonzalo Romero, que me habla de la biografía de Thoreau que escribí hace unos años y cuya segunda edición ha salido en este. El libro recibió tan buenas reseñas como esta, pero a mí me emociona mucho más la respuesta directa de un lector, saltándonos ese aparato crítico-literario del que intentamos prescindir al máximo para que biografía y biografiado se pareciesen un poco más. Aunque esté mal repetir los elogios, como todo el mérito es del tío Henry y compañía (los hermanos Ortíz de Luna, que hicieron las ilustraciones, o la buena gente de Acuarela Libros) me permito reproducir aquí un fragmento, junto con mi agradecimiento hacia su autor:

“Descubrí el libro por casualidad en una estantería de El Corte Inglés en busca de algo interesante que leer en época estival y lo encontré en la sección Biografías (lo adquirí junto con el libro de J. Fuster Cerebro y Libertad). Debo decir que ha sido uno de los placeres más inesperados que he tenido este verano. Lo he disfrutado hasta tal punto que intentaba no leer más de lo preciso para no acabarlo enseguida. Al margen de la ingente aportación de datos al respecto del aspecto humano y relacional de Thoreau, la prosa que utiliza es accesible y cercana, muy agradable de leer. Trata usted a Thoreau con cariño y mide tan justamente su repercusión como las limitaciones de su ideario. En mi opinión, un autor no necesita servirse de complejidad para elevar sus pensamientos sobre los demás. Creo que Thoreau es un ejemplo de ello. Su equilibrio entre la elección del ser humano de sus propias vías para encontrar coherencia con su propia existencia y la necesidad del espíritu colectivo para levantarse contra la injusticia social de las instituciones me parece de un interés extremo, en especial teniendo en cuenta nuestro statu quo actual en el que los políticos prevarican y evaden capitales y los jueces miran para otro lado.”

S. Kierkegaard
Los lirios del campo y las aves del cielo (Trotta, 2014)
Imagen: University of Nebraska




Thursday, August 7, 2014

May 20, 1853

Saw a tanager in Sleepy hollow--  It most takes the eye of any bird--  You here have the  red-wing reversed--the deepest scarlet of the red-wing spread over the whole body--not on the wing coverts merly while the wings are black. It flies through the green foliage as if it would ignite the leaves--

H D Thoreau
Journal

Tuesday, August 5, 2014

August 28, 1851

The poet is a man who lives at last by watching his moods. An old poet comes at last to watch his moods as narrowly as a cat does a mouse.

I omit the unusual - the hurricanes and earthquakes - and describe the common. This has the greatest charm and is the true theme of poetry. You may have the extraordinary for your province, if you will let me have the ordinary. Give me the obscure life, the cottage of the poor and humble, the workdays of the world, the barren fields, the smallest share of all things but poetic perception. 

H D Thoreau
Journal