Imago lacus

The picture above was taken by a dear friend, the American poet Debra Kang Dean (please do not use it without permission). I met Debra three years before, when I went to Walden to work with his late husband Brad, a great Thoreau scholar. Once we spent hours tracking this quotation: "Some men go fishing all their lives without ever realizing it's not fish they are after." We concluded that Thoreau never wrote it, but si non è vero...

Wednesday, December 16, 2015

Sobre la poesía como práctica cultural emancipadora

Cuando Nussbaum (2013) sostiene que apelar a las emociones mediante “los símbolos, los recuerdos, la música, la narrativa o la poesía” proporciona un apoyo complementario a los principios de justicia social, está defendiendo el discurso estético-afectivo como medio para educar la sensibilidad moral y política. Y lo hace dentro de una tradición que se remonta a Kant y Schiller (quien, en su segunda carta sobre la educación estética, escribió que “es a través de la belleza como se llega a la libertad”) pasando por el romanticismo que, en su versión alemana, apuesta por aunar racionalidad y sensibilidad, ilustración y estética, logos y mito. Ese era el programa de Hegel, Schelling y Hölderlin en Die älteste Systemprogramm: “Mientras no hagamos estéticas, es decir mitológicas, las ideas, ningún interés tienen para el pueblo, e inversamente: mientras la mitología no sea racional, el filósofo tiene que avergonzarse de ella. Así tienen finalmente que darse la mano ilustrados y no ilustrados, la mitología tiene que hacerse filosófica para hacer sensibles a los filósofos.”

Ahora bien, como apunta Fernando Broncano en su blog, el programa no ha sido realizado, la promesa del romanticismo liberal --llegar a la libertad por medio de la belleza-- no se ha cumplido. En el mundo actual la belleza no es emancipadora, no al menos en la cultura hegemónica, donde se ha convertido en un bien de consumo más. Los mitología de nuestros días no es ilustrada pero “sin la razón la sensibilidad está colonizada y ciega, se convierte en algo plástico”; para emanciparla, añade Broncano glosando a Spivak (2012), hay que buscar la razón fuera del programa schilleriano, meramente teórico y académico, y experimentarla como una praxis sensible, “como una forma de estar-con, de estar-entre, de transformar y ser transformado” por la cultura subordinada.

¿Cómo se educan la razón y la sensibilidad en una era de globalización? Spivak dedica parte de su tiempo a las escuelas de los barrios de su tierra de origen: “enseñando lenguas, enseñando la tensión entre ellas y enseñando a mirar alrededor”, en la apta formulación de Broncano. Pero hay otras vías. Sea en una escuela primaria en la India o en un taller de poesía en Euskal Herria, esos tres aprendizajes --el de una lengua, el de las tensiones entre ella y otras, el de la mirada que las descubre-- están presentes en el esfuerzo de descifrar un poema. Mediante la lectura lenta y la escucha atenta aprendemos la lengua del poema y a mirar mediante él, y a menudo lo que nos revela es una situación de diglosia, de subordinación o de injusticia ante la cual el poema proporciona alguna clase de esperanza de transformación.

No se trata, pues, de rescatar la poesía como ejercicio elitista, sino como práctica cultural emancipadora. Pero hay aquí un problema: ¿para qué sirve la poesía? De por sí el poema es soberano; si no quiere dejar de ser poema y convertirse en un mero slogan no se pondrá fácilmente al servicio de ningún programa. Comentando junto a Gadamer un poema de Celan, Derrida afirma que “el poema mismo no decidirá nada”, sino que se limita a perdurar generando referentes siempre nuevos en diálogo con sus lectores futuros: “Aunque conserve una iniciativa en apariencia soberana, imprevisible, intraducible, casi ilegible, sigue siendo también una huella abandonada, de pronto independiente del querer decir intencional y consciente del firmante, y que vaga, pero de manera secretamente regulada, de un referente al otro --destinada a sobrevivir, en un ‘proceso infinito’ [característico del verdadero diálogo según Gadamer], a los desciframientos de cualquier lector venidero”.

Derrida pronunció esas palabras en un homenaje ya póstumo a Gadamer, en diálogo con un amigo que ya no estaba presente. Sin saberlo, iluminan un pasaje justamente famoso de otro poema, el escrito por W. H. Auden en memoria de otro poeta, W. B. Yeats, aquel en el que Auden afirma que “poetry makes nothing happen: it survives / In the valley of its making”. La poesía no provoca que pase nada, escribe Auden. El poema, dice Derrida vía Gadamer, no decide nada por sí mismo. Los acontecimientos, también los políticos, son trabajo de cada lectora y cada lector; el trabajo del poema es sobrevivir en un valle que él mismo ha excavado a fuerza de ser leído y escuchado.

Según Coleridge, poesía son las mejores palabras en el mejor orden. En última instancia, la definición no es satisfactoria porque no nos dice qué es lo que hace a un orden de palabras el mejor sobre otros posibles órdenes o palabras. Auden sí: la poesía es poesía cuando sobrevive. Porque resiste y es repetida, y se repite porque la experiencia que suscita satisface necesidades básicas humanas: aprender a decir, a mirar, a reconocernos, a escuchar. Al ser repetido, el poema crea un espacio habitable, un valle, como el río que ahonda su cauce a fuerza de pasar sobre él una y otra vez. El valle, el poema, es producto de esa forma de interacción social --a veces líquida (oral), a veces sólida (escrita)-- que llamamos lenguaje. Y cuando se alimenta de la lectura lenta y escucha atenta, el caudal es inagotable y la poesía sobrevive en ese “proceso infinito”. Al final de esa sección del poema, Auden vuelve a repetir que la poesía está destinada a sobrevivir como una manera de acontecer que no sólo es estético y afectivo, sino también moral y político: “it survives, / A way of happening.”

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