Imago lacus

The picture above was taken by a dear friend, the American poet Debra Kang Dean (please do not use it without permission). I met Debra three years before, when I went to Walden to work with his late husband Brad, a great Thoreau scholar. Once we spent hours tracking this quotation: "Some men go fishing all their lives without ever realizing it's not fish they are after." We concluded that Thoreau never wrote it, but si non è vero...

Tuesday, July 14, 2015

Un poema de J. I. Foronda

LOS CORDEROS DE JUSTO

Al terminar el baile de la tarde
nos bajamos a casa.
Mi hijo iba cantando
la melodía tonta
que imponía el verano
y yo llevaba el paso
de algún endecasílabo
no menos tonto. El sol
era el rescoldo de un brasero.
En las calles colgaban lacios
los banderines de las fiestas.

Al pasar por la puerta
del almacén de Justo vimos luz.
Mi hijo quiso entrar
a saludar a los corderos.
Me agarró de la hebilla
y me llevó hacia dentro.
Justo le saludó
soltando un juramento
—como aquí se saludan los amigos—,
y yo le di la mano, por si acaso.

Al fondo de la nave
balaban desvalidos diez corderos.
Todos estaban fuera
del pequeño redil
y Justo los mandó
dentro con dos blasfemias
y luego colocó
como puerta un palé.
Nos apoyamos en el muro
y estuvimos mirándolos.

—¿Por qué están todos juntos?
—preguntó mi pequeño—.
—Porque son los mamíferos
más bobos del planeta —contesté—.
—¿Y por qué son tan bobos?
—Porque van todos donde va el primero.
—Papá ¿y por qué nos miran de esa forma?
Iba a quedarse sin respuesta
cuando Justo terció:
—Éstos no van a ver el sol mañana.

Luego se fue hacia un lado
y lo seguimos. Encendió una luz
y apareció una habitación
con azulejos blancos.
De unos ganchos colgaban
unas pieles y de un tablón cuchillos.
Mi hijo se asustó
y escaló hasta mi cuello.
—Es tarde —dije —, gracias Justo.
Abrazados salimos a la noche.

Una uña de luna
alumbraba la calle.
Caminamos así
hasta llegar al cruce.
Al dejarlo en el suelo
me miré en el espejo de sus ojos.
Al verme desarmado preguntó:
—Papá ¿verdad que nunca
nos vamos a morir?
Sonreí. Le mentí.

J. I. Foronda
Libro de familia (Hiperión, 2002)

Monday, July 13, 2015

Poemas con alas

Lo cuenta hoy Aitzpea Goenaga en Bihotzeko Fonotekak, el programa de Euskadi Irratia en el que la gente presente la música de su vida. Así me he enterado de una curiosa historia detrás de la que seguramente sea la canción más cantada y querida de todo el repertorio vasco, Txoriak Txori (el pájaro-pájaro, el pájaro en tanto que pájaro), un poema de Joxanton Artze musicado y cantado por Mikel Laboa.

La madre de Aitzpea trabajaba en un restaurante en el que se reunían activistas culturales de los 60 y 70, entre ellos el grupo Ez Dok Amairu. Ella se empeñó en dar a conocer el poema de Artze y lo imprimió en las servilletas de papel. Ahí lo encontró Laboa, y de ahí surgió la canción. Tal vez eran otros tiempos, pero hoy se sigue haciendo. Ayer saqué esta foto a Colo Cortés y J. I. Foronda en el epicentro literario de La Rioja, el Café Bretón (también andaba por ahí Julián de Pepitas de Calabaza, la editorial indie de Logroño):

Allí siguen imprimiendo poemas, esta vez en los azucarillos, que luego salen volando a las nubes, así:

Sunday, July 5, 2015

Más caballos de los que necesitamos

Los libros de poesía cunden mucho. Llevo semanas con el último de Tess Gallagher en castellano, una antología publicada originalmente en 1983 y ahora rescatada y traducida por Eli Tolaretxipi para Ediciones Trea. Muy apropiadamente, se titula Amplitud, palabra que según la RAE significa tanto “extensión, dilatación” cono la “capacidad de comprensión intelectual o moral”. O sea, la capacidad de contener o comprender algo.

¿Cuánto cabe en una vida? ¿En qué se mide su amplitud? Leyendo a Gallagher uno piensa: la amplitud es la calidad de los recuerdos multiplicada por la empatía, ese “triste delantal que me pongo / y me quito” tras escribir el poema, buscando aquello que “se me pierde a través de alguna falla / en mi propio reflejo” (como se dice en otro, el titulado “Mi madre recuerda que fue hermosa”).

Estos días no puedo salir de uno de esos poemas, el encabezado por esta cita de Jean Cocteau: “Posiblemente no me habría dedicado a la poesía en este mundo que sigue siendo insensible a ella, si la poesía no fuera una ética.” A partir de ahí Gallagher lanza una meditación sobre los ondulantes lomos de los caballos y el recuerdo de su bisabuelo indio. Describe así una tensión entre el deseo de simplicidad de un Gandhi (o de Thoreau) y el deseo de poseer más, tan humano también, ese deseo que nos lleva a atravesar el mundo y “esta cacharrería / de la vida” como imanes exasperados.

Seguir este tema nos llevaría a la poesía y filosofía de Jorge Riechmann, pero de momento quedémonos en el poema, que muestra cómo la amplitud de una vida depende de nuestra memoria empática, de la capacidad de “no estar muertos el uno para el otro”, de compartir el “lujo de la presencia”. Sólo así se logra “que el corazón / se quede tan simple como la ética de / un petirrojo” y convierta “el peso de vivir” y “este apagamiento que se avecina” en ese caballo llamado alegría.


SI LA POESÍA NO FUERA UNA ÉTICA

Soy ese tipo de mujeres que
cuando escucha a Bobby McFerrin cantar sin palabras
por primera vez en la radio del coche tiene que
hacerse a un lado y detenerse con el motor
en marcha. Y con Cecil Taylor, con él también
me detuve en el arcén, aunque después el tipo
de la tienda de discos dijera que sólo era
un sideman. Algo que hizo con silencio y mezclando
clásica con estoy-preocupado-por-esto-pero-tengo-que-hacer-
esto-otro-de-algún-modo. Y esto no me
deja marchar. “¿Qué hizo usted --me preguntó el tipo-- cuando
se detuvo en el arcén?” “Sonreí --dije--, seguí sentada

y sonreí.” Si el corazón pudiera ser tan simple. La foto
de las últimas pertenencias de Gandhi pegada al lado de
mi máquina de escribir: gafas, sandalias, papel
y pluma, escritorio portátil y algo blanco
al fondo como un colchón enrollado.
A menudo la miro, sólo un papel arrancado
de un libro, y desearía poder reducirme a
eso, unos pocos elementos esenciales, no
más. Así, cuando abandonara ese lugar sería
humildemente, como en esos funerales subvencionados que mi madre
solía despreciar porque el condado siempre compraba

los ataúdes más baratos, sin forro de satén, y si
querías que el muerto pareciera cómodo,
tenías que llevar tu propia 
almohada. Sigo admirando su odio al ver a los vivos
volverse tacaños en su homenaje a cualquier vida. Ella
era lo bastante india como para que los críos se burlaran de mí al volver
a casa y me dijeran: “¡Tu madre es una squaw!”
Cherokee”, decía ella. Y aunque nadie
me lo hubiera dicho, sabía que su abuelo tuvo que ser
uno de esos jefes que jamás

tenía suficientes caballos. Que si tenía doscientos,
quería cien más y otros cien más
después. Quizá se levantara por la noche y saliera
a colocarse entre ellos o los mirara pastar
desde lejos bajo la luz de la luna. Paseaba su pensamiento 
sobre ellos allí donde empujaban los hocicos contra
las ijadas y los cuellos de los otros, y le devolvían su animalidad con
un destello como música silenciosa, hasta que
descubría algo que sólo por sí mismo
desconocía, algo que no podría ser repetido
aunque lo pusiera

por escrito. A veces lo encuentro así,
mudo y perfecto, con más caballos de los que 
puede montar o vender o incluso saber por qué
los tiene. Su entereza necesita ser severa, debe medir
lo que está dispuesto a perder. Sus ojos
son bronce, su corazón es bronce con su
misterio. Pero creo que cambiará su sueño
haber mirado más allá del recuerdo, sin tristeza ni
temor, sobre los ondulantes lomos de los caballos. Miro hacia abajo
y veo que está descalzo, y yo
nunca he visto sobre la tierra pies tan hermosos y 
tan faltos de orgullo. Creo que debe saber lo que está haciendo,
no debe de necesitar perdonarse como yo lo hago,

porque esta generosidad se derrama sobre mí
y la rendición me aplasta, colmada y
esparcida y reducida a polvo con el deseo de poseer más,
queriendo pies como esos para apartar 
la vergüenza, que quiere saber por qué
tengo que atravesar el mundo como un imán
agitado, como el ansioso braille de tantos
recuerdos-a-punto-de-perderse. Por qué no puedo simplemente
instalarme al lado de la carretera y subir
la música para escuchar una de esas voces puras y libres de los 
muertos --Bob Marley, Billie Holiday o la de Piaf
con su “Je ne regrette rien”--, para que cuando

el susurrante caballo de la música me pregunte qué quiero de él,
nos barra a un lado el hecho de que no haya respuesta, salvo
no estar muertos el uno para el otro, salvo
esos pocos momentos de pertenencia, más allá de merecer
ese lujo de la presencia, para que el corazón
se quede tan simple como la ética de
un petirrojo, el peso de vivir sea un mandato tan sencillo que incluya
todo lo que hay en esta cacharrería
de la vida. Y que incluso algo de este apagamiento que se avecina
nos alcance
como alegría, como más caballos de los que necesitamos.

Tess Gallagher (Traducción de Eli Tolaretxipi)
Amplitude / Amplitud (Trea, 2015)