Imago lacus

The picture above was taken by a dear friend, the American poet Debra Kang Dean (please do not use it without permission). I met Debra three years before, when I went to Walden to work with his late husband Brad, a great Thoreau scholar. Once we spent hours tracking this quotation: "Some men go fishing all their lives without ever realizing it's not fish they are after." We concluded that Thoreau never wrote it, but si non è vero...

Saturday, October 29, 2016

Walden universal

Decíamos ayer que la edición de Walden en Cátedra tiene sus problemillas. Toda traducción de Thoreau los tiene, y a menudo pagamos el precio de un arreglo con un nuevo problema. Hay una cita clave para entender todo ese asunto de la confianza, de la que hablábamos antesdeayer; en la versión de Cátedra se traduce el “he” de Thoreau, con su marca de género, por un “nosotros” más inclusivo, y eso me parece un acierto. En esos tiempos la esfera pública era casi exclusivamente masculina, y nadie cuestionaba el género epiceno, pero cuando Thoreau escribía se dirigía a la humanidad en general, a todos y todas. Su “he” era un “nosotros”, pero hoy día traducirlo por “él” no lo es, porque la esfera pública ha cambiado (todo sea dicho, a mejor).

Con todo, quiero versionar de nuevo todo ese hermoso pasaje, uno de las momentos cumbre del capítulo final de Walden, porque traducir “he will live with the license of a higher order of beings” por “viviríamos con el permiso de un orden más elevado de seres” me parece confuso y mejorable. Tal cual, transmite la impresión de que Thoreau implica la existencia de unos seres que habitan un orden más elevado que el nuestro y que nos licencian, autorizan o habilitan para vivir como ellos. Demasiado extraterrestre. Tal como yo lo leo, la licencia no está tanto en el orden superior sino en el sujeto imaginado por Thoreau, en el espíritu libre que --de nuevo estoy leyendo en clave nietzscheana-- consigue transformar sus valores y así conquista el derecho a vivir con la libertad propia de un orden superior de cosas. Algo así:

“Al menos, algo aprendí con mi experimento: que si avanzamos con confianza en la dirección de nuestros sueños, empeñándonos en vivir la vida que hemos imaginado, nos encontraremos con un éxito inesperado en tiempos comunes. Dejaríamos atrás algunas cosas, traspasaríamos una frontera invisible; leyes nuevas, universales y más liberales, empezarían a promulgarse alrededor y dentro nuestro, o se extenderían las antiguas, interpretándolas a nuestro favor de un modo más liberal, y viviríamos con la libertad propia de un orden superior de cosas. Conforme simplifiquemos nuestra vida, las leyes del universo parecerán menos complejas y la soledad ya no será soledad, ni pobreza la pobreza, ni debilidad la debilidad. Si has construido castillos en el aire, tu obra no tiene por qué perderse: están donde deben estar. Ahora hay que poner los cimientos debajo.”

I learned this, at least, by my experiment: that if one advances confidently in the direction of his dreams, and endeavors to live the life which he has imagined, he will meet with a success unexpected in common hours. He will put some things behind, will pass an invisible boundary; new, universal, and more liberal laws will begin to establish themselves around and within him; or the old laws be expanded, and interpreted in his favor in a more liberal sense, and he will live with the license of a higher order of beings. In proportion as he simplifies his life, the laws of the universe will appear less complex, and solitude will not be solitude, nor poverty poverty, nor weakness weakness. If you have built castles in the air, your work need not be lost; that is where they should be. Now put the foundations under them.

Thursday, October 27, 2016

Un guerrillero de la filosofía

Thoreau, no es preciso decirlo, es un pensador del XIX. En él se encuentra ya prefigurado mucho de lo que Nietzsche diría para clausurar ese siglo. Como dice Marina Garcés, los filósofos de la sospecha --Nietzsche, Freud, Marx-- nos enseñan a pensar de otra manera, a desplazar la mirada para preguntarnos por la razón de ser de las leyes, los valores o las narraciones que orientan nuestras vidas. “Aparece una nueva técnica de interpretación de la realidad para la cual la verdad no es la meta sino precisamente el dato o el síntoma que hay que interpretar.” (123)

Cuando en Walden habla del carácter volátil de nuestras verdades, Thoreau utiliza una imagen brillante. Al sol, el calor que emiten nuestros cuerpos no se ve a simple vista, pero puede percibirse si reparamos en nuestra sombra, como una sutil reverberación en el aire que nos rodea. Así ocurre al hacer filosofía, cuando nos situamos dentro de “la perspectiva del futuro o de lo posible”. Dice Thoreau en Walden que en esa tesitura ya no tenemos certezas, sino que “deberíamos vivir con bastante laxitud e indefinición, siendo nuestro contorno borroso y confuso por ese lado, como nuestras sombras revelan una transpiración imperceptible hacia el sol”. Por eso “la volátil verdad de nuestras palabras debería mostrar continuamente la inadecuación del resto del enunciado.” El resto del enunciado es todo aquello que pensábamos ser pero no somos, todo aquello que antes pasaba por verdad pero ahora ya no lo es.

Lo que nos queda es un residuo de verdad pasado por la ciencia, y esta en el siglo XIX nos bajó del pedestal. Con todo, en Thoreau persiste el deseo de profundidad, de alcanzar una verdad en contacto con la realidad. Sólo que para ello hay que abandonar toda las certezas anteriores, incluyendo las pretensiones de la religión establecida, toda la charla social y global, todo aquello que hasta entonces se hacía pasar por cultura. Por eso hace el siguiente llamamiento en Walden (cito por la edición de Cátedra, que tienes sus problemas pero por hoy nos vale):

Situémonos, trabajemos y afiancemos los pies en el barro y el cieno de la opinión, y el prejuicio, y la tradición, y el engaño, y la apariencia, ese aluvión que cubre el globo a través de París y Londres, de Nueva York, Boston y Concord, a través de la iglesia y el estado, a través de la filosofía, la poesía y la religión, hasta llegar a un fondo duro y rocoso, que podamos llamar realidad, y digamos: éste es, sin duda, y luego, con un point d’appui, bajo crecidas, escarcha y fuego, busquemos un lugar donde poder construir un muro o levantar una propiedad, o colocar con seguridad un farol, o tal vez un indicador, no un Nilómetro, sino un Realómetro, para que las épocas futuras conozcan la profundidad de la crecida de imposturas y apariencias de tiempo en tiempo. 

Como señala Garcés (sin referirse a Thoreau expresamente, pero todo el libro está situado bajo su admonición) con el siglo XIX aparece una “nueva profundidad”, no ya la que guarda las esencias o fundamentos de lo que vemos a simple vista (esa apariencia, esa certeza es lo que rechaza Thoreau) sino “la que esconde los conflictos, fuerzas, relaciones de poder, pulsiones y visiones del mundo en conflicto. Nuestras verdades son sus síntomas y, a la vez, sus herramientas de control. Por otro lado, este nuevo modo de interpretar el mundo pone en marcha un discurso que no pretende presentar una verdad transparente, adecuada y fundamentada. Si todo discurso es ya una interpretación de otras interpretaciones, sin origen ni término final, ¿qué objetivo puede tener entonces?” (ibid.)

Así las cosas, no es de extrañar que Thoreau no consiguiera del todo su Realómetro, a no ser que el texto mismo de Walden lo sea: un artefacto para medir la profundidad de una laguna cualquiera. Pero lo cierto es que Thoreau abandona la laguna y su casa, tal vez porque es ilusoria la esperanza de encontrar un lugar seguro “donde poder construir un muro o levantar una propiedad” al margen de los otros, aunque ese deseo de construirse un lugar así, una casa en Walden, haya perdurado en nosotros bajo diferentes formas de melancolía o nostalgia.

Si leemos entre líneas, Walden está lleno de esos momentos de lucidez en los que Thoreau reconoce que el suyo es un experimento que no puede funcionar sino es como un mero episodio, un experimento filosófico de dos años y pico deliberadamente dirigido a proporcionarnos una iluminación, no una certidumbre, mediante una racionalidad que no es ya fundamentadora sino “crítica, terapéutica y transformadora”, en palabras de Garcés: “Ya no se trata de adecuar nuestros conceptos a la forma del mundo, sino de entrar en guerra contra el presupuesto que sostiene que el mundo tenga que tener una determinada forma.” (ibid.) Esa es la guerra en la que Thoreau todavía puede dar más de una batalla. Un combate a la intemperie que Garcés describe como una “filosofía de guerrillas, contra el purismo y el aislacionismo disciplinar” (86).


Wednesday, October 26, 2016

Walden no se acaba nunca

Estoy leyendo un libro contra el fin del mundo, la Filosofía inacabada de Marina Garcés. Y me está estimulando como pocos, tal vez porque en él habla una voz nueva para mí en el panorama filosófico en español, pero que al mismo tiempo me es muy cercana por dos razones. Una es biográfica: comenzamos a estudiar filosofía en la misma época. La segunda es que me interesan todas sus fuentes, desde Nietzsche a Agamben pasando por lo mejor de la filosofía del s. XX, y todo precedido por una cita de Thoreau, la misma que él eligió para el pórtico de Walden. La traduzco aquí:

 No pretendo escribir una oda a la depresión, sino jactarme sobre mi percha como gallo por la mañana, aunque sólo despierte a mis vecinos.

No hay más referencias a Thoreau en el libro, pero mucho de lo que en él se dice se podría aplicar a su obra. ¿Qué es Walden, sino un intento de recrear e inacabar el mundo, aunque sólo fuera el pequeño mundo de Concord con sus calles, granjas, bosques y lagunas? Thoreau parte de una concepción terapéutica del pensamiento, como dice Garcés que dice Foucault de Nietzsche (“toda su vida fue una búsqueda del médico”, dijo un contemporáneo de Henry), pero también va más allá. Traduzco otro fragmento, esta vez del diario:

Cambia tu salvación por un vaso de agua: si tienes algún riesgo que correr, arriésgate. Si no tienes ninguno, disfruta de la confianza. No te preocupes por ser religioso, nadie te lo agradecerá. Si sabes clavar y tienes clavos, pues clávalos. Si tienes algún experimento que te gustaría emprender, hazlo, ahora es tu momento. No te sumerjas en las dudas si no te son gratas. Mándalas a la taberna. No comas si no tienes hambre, no te hace falta. No leas los periódicos. Aprovecha cada oportunidad para entregarte a la melancolía. Sé tan melancólico como puedas y anota el resultado: regocíjate en el destino. En cuanto a la salud, date por sano y dedícate a tus asuntos. ¿Quién sabe si no estás ya muerto? Que el miedo no te detenga: hay cosas más terribles a la vuelta de la esquina y siempre las habrá. La gente muere de miedo pero vive de confianza. (16 de julio de 1850)

Cuando Thoreau escribió eso Nietzsche aún gastaba pantalón corto; luego hablaría del amor fati, de ese abrazar el propio destino que Thoreau ya anuncia aquí. Más agua y menos religión (que también hace su buen uso del agua). Más melancolía y menos depresión, porque la situación actual del mundo es todo lo melancólica que puede ser, pero la depresión nos inmoviliza. Porque, ante todo, Thoreau practica lo que predica: una confianza que no descansa en ninguna instancia superior, en ninguna expectativa o promesa, ni menos aún en una pretensión de la superioridad de lo humano como fuente de sentido. En los albores del tiempo “del fin de las esperanzas de la humanidad en el desarrollo como base del progreso ético y político” (p. 119), Thoreau crea sentido no tanto en la soledad (ese mito) como en un poder hacer que es en común, como dice Garcés (p. 113), que no está restringido a lo humano y que persigue la unidad del conocimiento (la consilience de Wilson, otro lector de Thoreau) o al menos se atreve a traspasar (trespass) las cercas que dividen los diferentes campos disciplinarios en busca de una alianza de saberes.