Imago lacus

The picture above was taken by a dear friend, the American poet Debra Kang Dean (please do not use it without permission). I met Debra three years before, when I went to Walden to work with his late husband Brad, a great Thoreau scholar. Once we spent hours tracking this quotation: "Some men go fishing all their lives without ever realizing it's not fish they are after." We concluded that Thoreau never wrote it, but si non è vero...

Thursday, June 29, 2017

Una casa en Kaxilda



Hoy presentamos Una casa en Walden con Esteban Zamora a las puertas de la Feria donostiarra. Si, como digo en el libro, cuatro son las virtudes cardinales de Thoreau --simplicidad, independencia, generosidad y confianza-- quise comenzar agradeciendo a Kaxilda la independencia que ha hecho posible encontrarnos en torno a un libro tan simple o simplón como este, a Pepitas la confianza con la que recibió la propuesta de su publicación, y a Koldobika Jauregi la generosidad a la hora de ceder para la portada la imagen de su propia casa en Walden.

No hay mejor resumen del libro que esa imagen, en la que se muestra una cabaña construida por un artista con sus manos cerca de su casa. En este caso se trata de Alkiza, donde ahora se encuentra el museo Ur Mara, pero podría ser cualquier otro lugar relacionado con la casa de Walden como icono universal y como experimento local. Thoreau era perfectamente consciente de lo mucho que significa antropológicamente la casa. Son muchas las líneas dedicadas a la arquitectura y a la economía (en sentido etimológico, las “normas de la casa”) y de ahí que en la dedicatoria de mi libro eligiera una frase suya que deberíamos entender en su literalidad: “la mayoría de los hombres parecen no haberse planteado nunca lo que es una casa”. La mayoría comenzando por mí, por supuesto.

¿Qué es una casa y para qué sirve? Henry David Thoreau, presunto ermitaño en Walden, escribió el 20/5/1860 a su amigo Blake: “¿de qué sirve una casa si no tienes un planeta tolerable donde plantarla?” Esta tensión entre lo local y lo global está en Thoreau y también en este libro, en el que el foco de la discusión va oscilando entre el gran angular del cambio climático a las microscópicas dificultades de traducción de una línea en Walden en el primer capítulo o de un poema contemporáneo en euskera como los que comento en el último.

Quienes conocen mis otros textos sobre Thoreau ya saben que he intentado combatir ese  estereotipo del ermitaño y sustituirlo por una visión de Thoreau más realista y más vinculada a su entorno social. Pero la imagen del ermitaño en Walden es persistente, en parte porque la prosa de Thoreau está imbuida de cristianismo (pero también de paganismo, nativismo y orientalismo) y también porque algo de jeremiada tiene su transcendentalismo o romanticismo, con todo lo que tiene de crítica al positivismo, al empirismo, al sentido común de la mayoría.

Pero ante todo quisiera presentar, en contra de esa imagen del ermitaño solitario, a Thoreau como pensador de la conectividad y la relación. Esa sensación tan thoreauviana de que el progreso material no lo es todo y que además tiene un coste en vida o vidas, es en el fondo una consecuencia de la capacidad de relacionar cosas: la frivolidad del norte con la esclavitud del sur, por ejemplo, o las aguas de Walden con las del Ganges, por poner otro sacado del libro de Thoreau.

En cuanto al mío, he intentando que que esos aparentemente diversos ensayos tengan cierto orden o coherencia interna. En realidad, todo él está montado en un triángulo entre Thoreau y la cultura contemporánea, conmigo como mediador y con Walden-Walden como dispositivo retórico o metáfora del lugar en oposición al no-lugar, de la misma manera que a Santiago Alba Rico le ha dado por hablar de los bares.

En la vida de Thoreau, la publicación de Walden marca un punto de inflexión, un fracaso editorial que se convirtió en éxito póstumo. El tema del fracaso, tanto individual como colectivo, y la confianza o esperanza de poder darle la vuelta, es otro de los temas del libro. Walden es, pues, un símbolo, pero lo importante en él no es la casa o la laguna, sino la libertad que proporcionaron para hacer un experimento, aunque sólo fuera para poder fracasar mejor.

Añadí unas notas de producción, capítulo a capítulo. Comenzar con un diario sería un disparate o un narcisismo imperdonable en cualquier libro que no fuese sobre Thoreau, que ya se disculpó por lo mismo al comienzo de Walden: “No hablaría tanto de mí mismo si hubiera otra persona a quien conociera tan bien. Por desgracia, estoy limitado a este asunto por la pobreza de mi experiencia.” Sea por mi falta de imaginación, porque todo lo que pongo sucedió exactamente así, o por esa desinhibición que llega con los años, el caso es que me he dado licencia para transcribir hasta los sueños, como el de la víspera de las últimas elecciones en la p. 22. No hace falta ponerse psicoanalítico para reconocer que los sueños hablan de nosotros tanto como la vigilia.

Thoreau también escribía sobre sus sueños. El 26 de octubre de 1851 comienza una larga descripción de uno de ellos así: “Me desperté esta mañana con una infinita nostalgia. En mi sueño había estado cabalgando, pero los caballos intentaban morderse unos a otros, causando un tremendo alboroto, una gran ansiedad, y mi tarea era separarlos.” La imagen de los dos caballos es ya platónica y hay quien ha visto en ella (en  la revista Nature, nada menos) un símbolo de la esquizofrenia entre el Thoreau científico y el Thoreau romántico, escindido entre las dos culturas.

En efecto, Walden es una investigación sobre nuestra condición, y nuestra condición está escindida, en negación o en transición. Thoreau se proponía “decir algo no tanto de los chinos y de los isleños de las Sandwich, como de vosotros, que leéis estas páginas y, según se dice, vivís en Nueva Inglaterra; algo sobre vuestra situación, en especial sobre vuestra condición exterior o circunstancias en este mundo, en esta ciudad”.
                  
Del tercer capítulo el final me sigue pareciendo de lo más logrado, con su referencia al mito de la caverna.  Pero, afortunadamente, como también digo en el libro, lo mejor de él siempre serán sus lectores. Me hubiera gustado que en la presentación participase mi amigo José Antonio Seoane, que me ha aclarado cosas del libro que ni yo mismo sabía al componerlo. Con su permiso copio unos pasajes de una carta: “El quid del libro es su relevante capítulo 4, el más breve, cuyo valor no radica tanto en su contenido cuanto en su inclusión. La referencia al paisaje abarca la preocupación ecológica y la preocupación estética, y sirve para reflexionar sobre la habitabilidad y la vida lograda. Todos estos temas convergen en un concepto clave: la salud, entendida como capacidad relacional. Si antes y después se habla de identidad y de su configuración sobria, se afirma aquí el rechazo de la autonomía ilusa y de la soberbia que instrumentaliza el entorno para un pírrico y egoísta beneficio personal. Es la confirmación de que la vida necesita la compañía de la belleza y de que apenas hay vida buena sin otros. No lo advertí en primera instancia, pero la relectura encumbró este capítulo, que es el eje del libro.”

Tenía mis dudas con ese capítulo, que fue el último en entrar, y más aún con el último, que fue el primero en ser escrito. Pero José Antonio me las ha quitado: “Si el capítulo 4 es el más importante, el mejor es el capítulo 7, con su panorama generoso, juicioso y personal de la comunidad lírica, un Walden o una Arcadia diseñados a partir de los argumentos de las páginas previas. Este capítulo revela el valor de la escucha, cuya dimensión política e individual a través de la actitud deliberativa y su uso como criterio de reconocimiento se exploran en el capítulo 6, que también anticipa la teoría poética desde la que se seleccionan los protagonistas del último capítulo.”

Reforzado por una apreciación tan generosa, a partir de ahí todo fue tertulia. Además de Esteban, ahí nos quedamos con Ekai Txapartegi y Marc Badal, Amaia García y Hanne De Jaegher, mientras pasaba la tarde y también algún chubasco.

1 comment:

  1. He terminado una primera lectura del libro y coincido en el interés que tienen tanto el capítulo dedicado a la poesía como el capítulo dedicado al paisaje. Aunque la creación poética me resulta muy ajena, creo haber entendido el sentido del capítulo. Tiene toda lógica el lugar que ocupa en la secuencia de capítulos del libro, después de tratar el valor de las emociones en la política.

    Me he propuesto leer algunas otras referencias que citas en el libro y que no conocía. Tendré que leer a Nussbaum y a Barber. De momento me he descargado el artículo sobre salud y paisaje para leerlo también. Esa identificación del paisaje con un bien común resulta muy interesante. Intentaré explorar esa idea.

    ¡Gracias por el libro!

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