Imago lacus

The picture above was taken by a dear friend, the American poet Debra Kang Dean (please do not use it without permission). I met Debra three years before, when I went to Walden to work with his late husband Brad, a great Thoreau scholar. Once we spent hours tracking this quotation: "Some men go fishing all their lives without ever realizing it's not fish they are after." We concluded that Thoreau never wrote it, but si non è vero...

Friday, December 15, 2017

Pensar con Thoreau (7 tesis)

[Preparé estas notas para la sesión “Filósofos al cuadrado” que compartí con Marina Garcés en La central del Raval. Falta lo mejor: el diálogo con Marina, que presentó a Diderot. Partimos de su común condición de paseantes y de autores que, por situarse fuera del dispositivo “autor”, no imponen una obra a quien lee, sino que ofrecen una singularidad, su peculiar manera de vivir y pensar sus vidas. Más que un pack de verdades a las que suscribirse, lo más vivo de Diderot y Thoreau no es el contenido teórico que proporcionan, sino sus modos de acercarse a las cosas y seguir pensando a partir de las conjeturas que suscitan.]

Pensar es pensar con otros. Con los vivos, con los muertos, y con esos muertos que están vivos. En mi caso, uno de ellos es Henry D. Thoreau. ¿Qué pasa en tu propia trayectoria filosófica cuando vas de la mano de alguien como él, que no es canónico en tu entorno y a menudo ni siquiera le reconoce como filósofo? No estar en el canon supone estar en los márgenes o en la periferia del conocimiento. Aparentemente, Thoreau es alguien que “hizo cosas”, alguien que construyó una casa en Walden y escribió un libro homónimo, no alguien dedicado a la filosofía. Pero, naturalmente, Thoreau sabía muchas cosas, como la zorra de Arquíloco. Lo que ocurre es que no sólo sabía, sino que hacía; no entendía el conocimiento fuera de la práctica o la acción, no separaba el conocimiento de sus cuidados o condiciones materiales.

Thoreau se encuentra vinculado a la filosofía de una manera dual: no sólo vía la cultura académica u oficial (la “alta cultura” que recibió en Harvard), sino también mediante lo que podríamos llamar “cultura silvestre” (la cultura montaraz o “gramática parda” producto de sus caminatas), que no siempre coincide con la cultura popular pero que la incluye de cierto modo. Por lo tanto, una primera respuesta a mi pregunta es que el efecto de pensar con Thoreau es doble: vincula la filosofía con la escritura, como práctica de autoconocimiento; y vincula la cultura con el autocuidado como práctica de la libertad (el cultivo o cuidado de sí, tal como lo entendían los estoicos primero y luego Foucault).

Presentarse como filósofo es audaz, aventurado, pero al mismo tiempo humilde: no se trata de saber, sino de atreverse a salir en busca del conocimiento (“si quieres ejercicio, sal a buscar las fuentes de la vida”, como dice en Walking). Aunque hizo suyo el lema emersoniano de “buscar una relación original con el universo”, Thoreau no reclama tanto la originalidad como eso que él llamaba sinceridad, el valor de hablar con una voz propia, algo que naturalmente es una voz plural, compuesta por miles de voces anteriores. Thoreau lo reconocía sólo a medias, manteniendo la demanda de sinceridad pero asumiendo que conlleva pagar cierto precio en excentricidad, pues cuando uno trata de ser completamente sincero se coloca en una situación incómoda, en una especie de distancia o exilio con respecto a la vida de los otros. Como dice en Walden, “exijo de todo escritor, antes o después, un relato sencillo y sincero de su propia vida, y no sólo lo que ha oído de las vidas de otros hombres; un relato como el que enviaría a sus parientes desde una tierra lejana, porque si ha vivido sinceramente, tiene que haber sido en una tierra lejana para mí.”

Hacer filosofía supone para Thoreau asumir que la verdad está “ahí fuera”, en una tierra lejana a la que hay que peregrinar partiendo de lo conocido, conveniente o familiar. En su ensayo sobre la desobediencia civil, Thoreau habla de “aquéllos que no conocen fuentes más puras de verdad, quienes no han rastreado su curso a más altura”. Esos están con la moral establecida —y están prudentemente, dice Thoreau—, con la Biblia y con la Constitución. “Pero —añade— aquéllos que contemplan de dónde gotea el agua a este lago o a ese estanque, se ciñen los lomos una vez más y continúan su peregrinación hacia el manantial.” ¿Qué es el manantial? La agencia humana autónoma e interdependiente. Esa soberanía individual consciente de que su autonomía se sostiene gracias a su entorno, y por eso se dice en Walden que “actuar colectivamente responde al espíritu de nuestras instituciones”. Así, al final del ensayo Thoreau habla del respeto a los derechos humanos, y de corregir el “verboso ingenio de los legisladores del Congreso” mediante “la oportuna experiencia y las quejas efectivas del pueblo”.

El transcendentalismo americano estaba influido por el romanticismo europeo, e indirectamente por Kant. Por eso para Thoreau la verdad no sólo está “ahí fuera”, las estrellas en lo alto, sino también “aquí dentro”, la ley moral en mi corazón, en mi conciencia. Dado que hay que combinar los dos enfoques, los datos de la experiencia con las categorías trascendentales que nos permiten conocer el mundo, sólo mediante la autoobservación construiremos o alcanzaremos ciertas intuiciones. Por eso Thoreau trabajó de una manera dual, introspectiva y extrovertida, declarándose “natural philosopher” (aunque en su tiempo esa expresión denotaba también lo que hoy llamaríamos un científico) al tiempo que consideraba que la filosofía natural (ciencias) y la filosofía moral y política (ética) no eran actividades separadas o incompatibles.

Este carácter dual de su filosofía me parece especialmente contemporáneo. Como no voy a poder reducir su pensamiento a una sola tesis, me limitaré a señalar siete características que, a mi juicio, hacen de él un filósofo de la cultura dual, aunque no un filósofo canónico u ortodoxo. Pues lo interesante no es introducir a Thoreau en el canon y leer su obra como si fuera literalmente un manual a seguir. Esa es, de hecho, la mayor traición que podríamos hacer a quien escribió lo siguiente: “No quisiera que nadie adoptara mi modo de vida por causa alguna, pues además de que antes de que lo hubiera aprendido podría haber hallado otro para mí mismo, deseo que haya tantas personas diferentes en el mundo como sea posible; pero quisiera que cada uno fuera muy cuidadoso en descubrir y seguir su propio camino, y no el de su padre o el de su madre o el de su vecino.” (Walden)

Primera tesis. Thoreau escribía, literalmente, para pensar. El pensamiento era para él una facultad “más valiosa que el más precioso de los relojes de oro” (29 de julio de 1850) y una facultad ligada necesariamente a la escritura. La escritura, dice en su diario, era para él un recuento de su “afecto por cualquier aspecto del mundo. De aquello en lo que me gusta pensar.” (16 de noviembre de 1850). Pensamiento como reconstrucción afectiva del mundo y movimiento que nos traslada a algún locus amoenus, algún lugar donde vivir sea grato.

Segunda tesis. Thoreau no suele dar malas noticias y por ello su prosa transmite confianza en esa potencia movilizadora del pensamiento, pero también es consciente de que el pensamiento requiere condiciones materiales. Cuando se practican bien, la política y los cuidados son dos actividades orientadas a proporcionar esas condiciones y así preservar la vida. No la vida en general, sino la vida concreta de alguien, que nunca es sólo su vida, sino una vida vivida con otros.

La casa es el lugar de los cuidados, pero a Thoreau le preocupaba que la casa se comiera metafóricamente el resto de su vida. Por ello su programa en Walden fue algo así como reducir la casa (la economía, los deseos, la voluntad de poder) y ampliar el vecindario (la ecología, sensibilidad moral, la inclusión del otro) para así hacer posible el pensamiento. ¿Qué es, al cabo, pensar? Colocarnos en un lugar dónde no estábamos, en ese extrañamiento (unheimlich) cuyo objetivo no es tanto la felicidad como la apertura, el desplazamiento, la transformación.

Esta conversión, la metanoia de los antiguos, es una transformación necesaria para abordar la finitud, la impotencia, el fracaso, la negatividad, eso que llaman “el trabajo del duelo”. Esta es mi tercera tesis. Aquí y ahora, el pensamiento parece impotente para sacarnos de un presente exhausto en el que todo lo humano parece ya póstumo. Esto tampoco es nuevo. En 1854, el año en el que se publicó Walden, Thoreau ya coloca lo humano en el pasado; la posterior declaración por Nietzsche de la muerte de Dios no es sino otra manera de nombrar ese funeral por la humanidad, por los ideales y el proyecto emancipatorio de la Ilustración. Pero Thoreau no es fatalista y al acercarse a algún fenómeno natural el encuentro le devuelve la confianza en el mundo, afirmando la posibilidad de reconstruir el vínculo con los demás a través de una experiencia tan básica y a la vez tan fugaz o impermanente como observar una planta con todos los sentidos. Ese movimiento entre melancolía y la esperanza, entre el duelo y la confianza, es característico de Thoreau y también de nuestro tiempo, lo que nos lleva a la siguiente tesis.

Cuarta. Thoreau es contemporáneo porque se dio cuenta de que estamos cruzando las fronteras de la humanidad. Y no sólo nos proporciona ese mismo diagnóstico un siglo antes de la Gran Aceleración (la rápida transformación socioeconómica y biofísica a consecuencia del enorme desarrollo tecnológico y económico acontecido tras el final de la Segunda Guerra Mundial), sino que también ofrece una intuición para combatirlo, la idea central de Walking: que “en lo silvestre se halla la preservación del mundo”. Dicho en otras palabras, que necesitamos lo no-humano para preservar lo humano.

Quinta tesis. Thoreau es contemporáneo porque es urgente, pero también porque es un clásico. No sólo de las letras norteamericanas, sino de las humanidades universales, el banquete y el combate de la cultura universal. Llamo universal a ese lugar desde donde podemos compartir las experiencias fundamentales de la vida a partir de cualquier lengua, cualquier cuerpo, cualquier casa, cualquier pueblo, siempre que en ese lugar se practique la atención plena, la lectura lenta o la escucha atenta. Esas experiencias fundamentales son los “essential facts of life” que Thoreau se propuso enfrentar en Walden (el lugar y el libro), buscando adquirir, elaborar y transmitir el fondo común de experiencia humana.

Sexta tesis: el pensamiento como poesía del movimiento. Ya he dicho que Thoreau no nos impone una obra, sino que nos presenta su vida: proporciona una perfomance, un artefacto artístico-científico, narrativo, más que una teoría o sistema. Como Diderot, otro singular ecléctico, Thoreau es un filósofo que camina y cuya obra no se acaba nunca, porque su pensar está en continuo movimiento. El suyo es un pensamiento que no se detiene en una estación final, sino que va transitando de una verdad a otra sin aferrarse demasiado a la coherencia, esa virtud que su maestro Emerson consideraba “la superstición de las mentes pequeñas”.

Séptima tesis. Thoreau es un pensador ecléctico, alguien que no se encadenó a ninguna adscripción filosófica o religiosa. Así lo confiesa en el diario: “No prefiero ninguna religión o filosofía. No simpatizo con el sectarismo y la ignorancia que hacen distinciones pueriles, momentáneas y parciales entre diferentes credos o formas de fe.” (Posterior al 26 de abril de 1850) Lo anterior no quiere decir que no intentase alcanzar cierta serenidad, cierto equilibrio. Para ello recurría tanto a lo que hoy llamamos ciencias como a lo que llamamos letras, porque “el filósofo contempla los asuntos humanos con la misma tranquilidad y distancia que los fenómenos naturales. El filósofo moral necesita la disciplina del filósofo natural [científico]. Quien está ejercitado en el estudio de la naturaleza goza de grandes ventajas para el estudio de la humanidad.” (6 de mayo de 1851)

Resumiendo, Thoreau vivió el pensamiento como escritura, como una reconstrucción afectiva del mundo y un movimiento que nos traslada a algún lugar donde vivir sea grato. Ante la impotencia del pensamiento para sacarnos de un presente que parece exhausto, propone una cultura como movilidad (“humanidades en transición”, en la fórmula de Marina Garcés), cuyo objetivo es transportarnos a otro lugar, movilizarnos, mediante un extrañamiento cuyo objetivo no es tanto la felicidad como la apertura, el desplazamiento, la transformación o conversión. En ese sentido, Walden es una crítica cultural a nuestra condición, una condición que está escindida, o en negación o en transición. El programa de Thoreau para esa transición consiste en reducir la casa y ampliar el vecindario para así hacer posible un pensamiento dirigido a los hechos esenciales de la vida. Uno de esas intuiciones básicas es la interidentidad o interdependencia: necesitamos lo no-humano para realizar y preservar lo humano. Thoreau es un filósofo contemporáneo porque es un clásico que encarna cierta innovación (trascendentalista, es decir, romántica o revolucionaria) frente a lo establecido, anticipando algunos desafíos que son hoy nuestros. Y porque lo hizo de manera ecléctica, sin reivindicar una doctrina filosófica en particular (lo que le permite ser hoy invocado por todas), enlazando saberes dispersos a ambos lados de la creciente brecha entre las dos culturas.