Imago lacus

The picture above was taken by a dear friend, the American poet Debra Kang Dean (please do not use it without permission). I met Debra three years before, when I went to Walden to work with his late husband Brad, a great Thoreau scholar. Once we spent hours tracking this quotation: "Some men go fishing all their lives without ever realizing it's not fish they are after." We concluded that Thoreau never wrote it, but si non è vero...

Sunday, April 8, 2018

Amb Marina Garcés

Conservo con afecto esta fotografía del pasado diciembre en La Central del Raval, Barcelona, con la filósofa Marina Garcés. Ambos comenzamos la licenciatura el mismo año y compartimos algunas referencias, no demasiadas, y tal vez por eso no me canso de aprender escuchándola. Fue una alegría poder compartir la mesa con ella y cuadrar un diálogo con Thoreau y Diderot como puntos cardinales.

Ya se ve en la foto que al acto no le faltó soltura ni convivialidad, pero también percibí, en mí y en la compañía, seguramente también entre el público, un profundo cansancio a la vez que un rescoldo de energía latente. El 2017 fue un año duro para todos. Esa noche no hablamos de política pero intuí que Marina estaba buscando tiempo para escribir y que en algún momento tendríamos ocasión de leer algo certero sobre lo que estaba y está ocurriendo en Barcelona y en el mundo. Y, en efecto, este fin de semana he podido hacerlo. Su nuevo libro, Ciudad Princesa (Galaxia Gutenberg), es un relato de los últimos veinte años, una autobiografía intelectual y política que no es individual, sino colectiva, retratando ensayo tras ensayo un nosotras en el que nos reconocemos incluso quienes apenas hemos tenido trato con la ciudad o con su cronista.

Entretanto había leído Nueva ilustración radical (Anagrama, 2017) y me decepcionó la jugada con la que Jesús Zamora Bonilla lo interpreta en Mapping Ignorance, usándolo como representante de cierto pensamiento apocalíptico que pretende refutar a mayor gloria del optimismo (también ilustrado: lo cortés no quita lo valiente) de Steven Pinker. Es justamente lo contrario. Este ensayo de Marina es breve y programático, pero cualquier cosa menos pesimista: no se opone a la modernidad y el progreso; lo que se propone es devolverles el espíritu antidogmático, suspicaz e inquisitivo de la Ilustración con el que se iniciaron. Si Marina describe con tonos sombríos eso que ella llama la condición póstuma no es para defenderla o regodearse en ella, sino todo lo contrario: para afirmar a continuación que la principal tarea del pensamiento crítico hoy es “declararnos insumisos a la ideología póstuma” de los agoreros del fin del mundo (Nueva ilustración radical, p. 30).

Todavía estoy rumiando Ciudad Princesa y hoy sólo puedo recomendarlo con todas mis fuerzas, que últimamente (como puede verse en la frecuencia de entradas en este blog) no son muchas. Para hacerlo, y buscando ser útil a mi entorno de estudiantes y colegas, copio aquí algunos pasajes que por su relación con la universidad y la cultura me parecen especialmente valiosos y aplicables a otros lugares además de Barcelona. Pero hay mucho más...


[…] en un mundo material y socialmente tan interdependiente, ¿qué función tienen las instancias de proximidad, ya sean instituciones, entidades o colectivos? Pienso que principalmente es una: recoger y concretar la dimensión colectiva de la vida, cuando ésta se nos presenta como un ente abstracto del que cuesta tener una experiencia directa. Todo depende de todo y nada está de principio a fin en nuestras manos, pero la relación concreta con la vida como un problema común es la condición mínima para entender el sentido profundo y completo de nuestra interdependencia. No podemos hacernos cargo del planeta y sus habitantes, humanos y no humanos, si no tenemos percepción directa de nuestra vida juntos, que siempre es parcial y concreta. Sólo por ello es necesario cuidar y mantener la implicación cercana, la acción directa y los vínculos vivos. […] Sean grandes o pequeñas, las ciudades tienen hoy múltiples escalas, ritmos y dimensiones, y nuestras vidas políticas y culturales tienen que aprender a enlazarlas. (67)

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[…] las instituciones públicas no son del Estado o de las élites culturales, sino del conjunto de la sociedad, en todas sus expresiones disonantes e irreductibles. Ante esta constatación, quizá la verdadera insurrección institucional que tenemos que llevar a cabo sea ésta: hacer hoy verdaderamente público lo público, independientemente de su titularidad. (117)


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[…] sostener ya no significa simplemente aguantar. Quien sólo se propone aguantar, acaba haciéndose de piedra o rompiéndose. Muchas veces, demasiadas, las vidas comprometidas acaban siendo vidas dogmáticas o vidas quemadas. Y de las vidas quemadas se derivan las peores reacciones: el cinismo, la amargura, el egoísmo y el resentimiento. Sostener no es aguantar, pues, sino poder continuar. La continuidad puede ser dura de mantener, pero no es rígida. Implica acoger y recoger, soltar y retomar, aprender y comprender. En el mundo del management y de la gestión emocional tiene mucho éxito la imagen de vivir como surfear las olas. Es una buena imagen del valor emprendedor de la adaptabilidad: poder caer sin tocar fondo, remontar para triunfar. Pero entrar y salir no es surfear: es aprender a ser, nosotros mismos, oleaje. (129)

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La universidad, como institución, impone muchas distancias a la convivialidad necesaria para el aprendizaje. Antes lo hacía a través de la distancia jerárquica y el trato frío y ceremonioso con el profesorado. Actualmente, a través de una gestión complicada de los espacios y de los tiempos que tiene como consecuencia que todo el mundo en la universidad esté produciendo (algo, ¿qué?). cada uno por su lado, en lugar de estar aprendiendo juntos. Hay un roce del pensamiento que actualmente puede tomar muchas formas, tanto presenciales como virtuales, pero que igualmente necesita de una condición indispensable para que el saber no quede reducido a mera información: poder construir juntos los contextos y las relaciones de aprendizaje. No tenemos que renunciar a ellos, ni siquiera en la universidad actual. (130)

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La confrontación puede llevar a la derrota, pero la falta de cuidado aboca a la impotencia, lo que es mucho más grave y destructivo. (170)


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[…] fuera de los ambientes académicos, que cada vez son más asépticos, crecen los espacios de pensamiento, de lectura, de creatividad y de trabajo colaborativo en torno a la cultura y a las ideas. El deseo humano de saber, de comprender y de preguntar creo que es como aquello que nos enseñaban de la energía: no disminuye, sino que cambia de lugar cuando las condiciones la asfixian. En este tránsito, las universidades, que están en el corazón de cierta idea de Europa, están perdiendo lo más vivo del saber, que es el deseo de aprender. Si quieren sobrevivir como centros creativos de los saberes de nuestro tiempo y no sólo como empresas del conocimiento especializado y aplicado, las universidades tienen que encontrar las vías para volver a conectar con este deseo y con las múltiples formas de expresarlo y de compartirlo. (188)

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Me gustaría poder decir que esta ciudad a la cual vuelvo
es una ciudad donde la cultura es el verdadero medio, el ecosistema vivo donde se desarrolla y se impulsa la vida colectiva, pero no lo puedo decir porque siento que no es así. En Barcelona, como tantas otras ciudades del mundo, lo que llamamos cultura se ha convertido en un producto festivalizado, vinculado al consumo y al turismo. Pero la cultura es otra cosa, es la posibilidad de relacionar, con sentido, los saberes y la vida, lo que sabemos y lo que queremos. No nos hace falta ser un Manhattan mediterráneo ni encontrar, en un parque temático, todas las culturas del mundo, como pretendió el Fórum Universal de las Culturas en 2004. Si queremos ser una ciudad de cultura, es mucho más importante que la educación funcione y abra caminos no tan sólo para entrar al mercado laboral sino para aprender, juntos, a vivir. La cultura es precisamente eso: aprender juntas a vivir. (249)